¿Qué es "Paso de historias"?

El amor, la búsqueda de la propia identidad, los amigos, los padres... cosas de las que no pasas ni tú, ni gente como tú. Y que pase el tiempo que pase, nunca dejan de importarnos.


Capítulo 8: "Amor eterno"



9 de julio de 2009

LOS NIÑOS DEL CASAL

Estos días cuando voy hacia al trabajo me cruzo con un montón de niñ@s medio dormidos (algunos dormidos enteros) que arrastran sus pies y su alma por donde una mano adulta les lleva. Son "los niños del Casal". Parece el título de una película de miedo, pero es tal cual. Niños que se ven obligados a madrugar (obligados en vacaciones ¡qué injusticia) para ir a los Talleres de Verano, que son como los cuadernos de "Vacaciones Santillana" pero con personas físicas.

Ayer ví a una niña en una semáforo que miraba a su madre como diciendo: ¿por qué no vas tú al Casal? Y yo voy a tu trabajo, y desayuno café solo y croissant con las amigas, hago unas llamadas a los proveedores y quedo para comer con mi jefe de planta. O, mejor. ¿Por qué no me quedo en casa durmiendo hasta que oiga la sintonía de mis dibujos favoritos, después quedo con la vecina de abajo para jugar a "¿qué te pongo?" y finalmente me peleo a grito pelado con mi hermano porque no me deja jugar con la Play...¿por qué? ¡eh! ¿por qué?

Sobre eso, sobre el papel que los adultos juegan a veces en la vida de los niños va este relato extraído del libro, que lee Gina Tost (www.ginatonic.net), un encanto de niña adulta.

8 de julio de 2009

MAÑANA ME PASO POR AQUÍ

6 de julio de 2009

Absentminded. ¡Presente!


Perder las llaves. Encontrarlas. Volverlas a perder. No encontrarlas jamás. ¡Ah, sí! Justo después de cambiar la cerradura. Olvidarse la crema de la playa. Pedirla prestada a una desconocida. ¡Eh, que te llevas mi crema! ¡Ups! Con el peine en el gimnasio, igual. ¿Pero el otro día no te lo olvidaste también? (Sí, ya veo que tú no te olvidas de nada).


Salir a la calle con un pendiente diferente en cada oreja. Darse cuenta por la noche. Bueno, tampoco son tan diferentes: negro y plateado, redondo y alargado. Clavados, vaya.



¿Dónde estarán las entradas del cine? Sí, las llevaba yo...Vaaaaaaaaaaale, es la última vez que las guardo. En el fondo del bolso. El móvil tiene que estar en el fondo del bolso... ¿por qué no inventaran un aparatito para estas ocasiones? Lo tengo. El móvil no. Otra vez a recuperar toda la agenda.


Llevo media hora esperándote en la esquina de la calle Balmes. ¡Ah, que era en las Ramblas! ¡Ah, que no era hoy! ¡Ah, que ni siquiera hemos quedado! Nunca me contáis nada. Vale, sí, a lo mejor lo habéis hecho pero estaría haciendo otra cosa y no escuchaba. ¿Qué?


Engancharse la ropa con todas las puertas. Incluso darse de bruces con todas las puertas. Sí que miro por dónde voy. ¡Uix! Ya te invito, yo. ¡Ups! Me he dejado el monedero. Mañana te lo devuelvo. ¿Me lo recordarás? ¡Si me lo pudiera tatuar...! ¿Si? ¡Ah, que no...! Sí, sí, ya me lo apuntaré... ¿pero dónde? ¡Aquí!


Despistad@. Absentminded


¡Presente!






28 de junio de 2009

En el amor haz caso a las señales: ¡STOP!


Cuando he entrado en el bar y le he visto he pensado: “uf, ya sabía yo que, a pesar de tener diez opciones de bares antes que éste, tenía que entrar aquí”. El Mudanzas siempre ha sido uno de mis bares favoritos, sobre todo por la música, preferiblemente jazz y blues. Primera señal.
Pelo rubio, ojos azules y pinta de vasco. ¿Por qué? No sé. Quizás porque me recordaba un poco a Julen Guerrero (¡aix, lo que me había gustado a mi Julen!). Segunda señal.
Él también me ha mirado. Y supongo que no le he recordado ni a Angelina Jolie, ni a Scarlett Johansson, ni a Megan Fox, pero me ha mirado. Lo juro.
Me pido un agua y me siento en una mesa cercana a la barra, que es donde él está con un casco en la mano, a punto de marcha. Y yo pienso para mis adentros: “quédate hombre, quédate un rato más”. Y no sólo se queda si no que pasa detrás de la barra. Supongo que es el dueño, si es que tengo un ojo para los negocios…Tercera señal.
Saco la libreta y empiezo a hacer una lista de cosas pendientes para la semana. A la cuarta levanto la vista. Y patapam, ahí está ese azul otra vez. Y yo que me hago la tonta y me quedo embobada, con la mirada perdida, como diciendo: “No, si ha sido casualidad. No te iba a mirar a ti”. Pero me sonríe, y claro, ahí no me hago la tonta… Cuarta señal.
Y llega el momento perfecto porque empieza a sonar Something Stupid . Quinta señal.




La libreta, el móvil, “La ofensa” de Ricardo Menéndez Salmón… ya no me queda nada por sacar del bolso más que el monedero – y me niego a irme ya- y el brillo de labios, que quizás sería un poco excesivo. Me lo pongo. Él se toca el pelo, se ajusta el pantalón y hace un jueguecito con una cuchara. Sexta señal.
Antes de contaros el final, porque toda historia por bonita y corta que sea tiene un final, me he dejado la señal más importante: ¡los dos vamos de verde!. Séptima señal.
Me he acabado el agua y se me acaba el tiempo. Me esperan a la dos. ¿Opciones? Por lo pronto pagar. Acercarme a la barra, pedirle la cuenta y volverle a mirar, pero más de cerca. ¿Otra opción? Llamarle, pedirle otro agua, sacarle el tema del calor y que si los del tiempo han dicho que se espera más y bla bla bla. ¿Otra opción? Ninguna. Porque en cuanto me doy cuenta vuelve a coger el casco y se va. ¡Se va! Así, sin despedirse, sin girarse, ¡sin dedicarme ni una sola mirada más!
Total, que me he levantado, he pagado y yo también me he ido con mi música y mis señales a otra parte, sobre todo la de STOP.

Y tú, ¿crees en las señales?

24 de junio de 2009

PAPÁ ES UN PETARDO

No me entendáis mal. No hablo ni en mi nombre ni en nombre de ninguna persona anónima que quiere cargarse a su progenitor. Todo tiene su explicación, incluso que Ribéry prefiera irse al Madrid antes que al Barça (oído en Rac1).

Ayer, mientras esperaba en la calle a una amiga para subir a una fiesta llena de desconocidos- ya, ya sé que sólo hablo de fiestas pero ¿para qué mentir?- fui testigo de la verdadera razón por la que los padres (así, masculino, plural) compran los petardos a sus hijos: para tirarlos ellos. Y si pueden ser los más grandes, mejor. “Tú tira esto hijo (una piula), déjame a mí éste (un trueno) que es más peligroso” Permitirme que me ria (¿se ha oído?).

Teníais que haber visto al señor Marín (vamos a llamarle así porque tenía toda la pinta de director de Banco en la hora del recreo) con la bolsa de petardos que seguramente había ido a comprar con sus dos hijos (no me atrevo a aventurarme con los nombres) aquella misma tarde.
Él se encargaba de la repartición del material. Los que más sonaban, los más espectaculares, los que iban a provocar el “oooooohhh” del personal, se los quedaba él. El hijo más pequeño protestó un par de veces, pero sólo pudo obtener un “si et continues queixant ens anem cap a casa” (traducido coloquialmente al castellano como: “o te callas, o nos vamos”) de una madre que, estoy segura, también veía injusta la repartición, pero pensaba “pobret, amb el percal que té a la feina” ( “pobre, con el marrón que tiene en el banco”).

Y no se si será por mi pasado de detective, que me hace sacar conclusiones constantemente o por mi presente de guionista que me hace inventar historias de cualquier situación, deduzco que la Revetlla de Sant Joan en casa de los Marín tuvo traca final: unos niños de vuelta a casa con la convicción de que el año que viene bajaban a la calle sin papá, una madre aliviada porque su marido ya se había dejado en la calle todo el estrés, y un señor Marín con el dedo chamuscado pero con una gran sonrisa en los labios, pensando en la verbena de Sant Pere que en Cataluña también se celebra.



22 de junio de 2009

ESTRENANDO VESTIDO

Sí, lo confieso. Es la primera vez. La primera vez que saco un libro, la primera vez que abro un blog de un libro mío, la primera vez que escribo un post en un blog de un libro mío. Supongo que ha quedado claro, ¿no? Son los nervios.
Es como si fuera a una fiesta y estrenara vestido: ¿les gustará? ¿es demasiado largo? ¿demasiado corto? ¿Apuesto por un solo color? ¿Me arriesgo y combino matices? ¡Venga arriésgate! ¿Qué tal un estampado? Azul por aquí, rosa por allá. ¡Vale, sí! Que todos hablen de mí, al menos por un día. Ya, pero corro el peligro de los comentarios post-fiesta: “Mucho vestido y tan poca tela” (el dicho popular lo acabo de inventar, pero podría haber sido perfectamente de mi abuela).
Y claro, luego están los complementos. Me gusta lo sencillo pero va a pasarme como siempre. Voy a estar ya en la fiesta y pensaré: “mira ésa, con tejanos, pero con el detalle de la flor gigante en la camisa” “¿y aquél? Sin el cinturón con forma de fotogramas estaría igual de mono sí, pero yo no me hubiera fijado en él”.
Entonces decido pedir algo prestado, adaptar la moda de otros a mi propio estilo y salir a la calle, sobre todo salir ya a la calle. Porque si no salgo ya, se me va a pasar la fiesta y este vestido no me va a caber ningún otro día.
Por cierto, estás invitad@.