
Hoy he conocido a un ascensor simpático. Sí, y eso que cuando he subido en él no me ha dado buena impresión. Las puertas no se han cerrado del todo, pero aún y así, he presionado el botón del primero. (Sí, lo sé, un primer piso es fácilmente accesible en escaleras y va muy bien para el ejercicio -y bla bla bla- pero si hubiera tomado la opción sana, nunca habría conocido a un ascensor simpático. A veces lo sano es insano).
¡Pam! Ha arrancado así, de sopetón, en plan: “Soy viejo pero estoy en buena forma” (mucho mejor que yo, está claro). Aunque lo mejor lo ha reservado para el final: un saltito. Si, sí. El viejo ascensor ha dado un saltito y me ha recordado a mi ídolo de la infancia, el tenista Stefan Edberg.
Stefan, cuando le tocaba restar, esperaba la bola dando un saltito característico. Y creo que sin ser familia de Edberg - ¡qué más quisiera yo, y numerosa!- he heredado esa pequeño movimiento cuando juego al tenis. Lamentablemente sólo he heredado eso.
Y el ascensor me ha hecho sonreír. En fin, que sólo han sido un par de pisos, un entresuelo y un primero, pero el trayecto ha valido la pena.
Moraleja: Nunca desestimes a un ascensor por viejo, desestímalo por estropeado.
Y Edberg, ahí estará feliz con Annette Olsen, que se casó con él, haciéndome cambiar los pósters de la habitación de un día para otro. ¡Qué dura es la infancia!
Y por gentileza de mi amigo Nathan, os presento a unas escaleras simpáticas...
Viendo la foto de boda de Edberg (es él, ¿no?) y lo repeinados que van todos, estoy convencido que arrancar los pósters fue una decisión acertada.
ResponderEliminares genial aquesta escala
ResponderEliminarStefan Edberg, uau era genial... Una vegada el vaig tocar i veure d'aprop. I no sóc gai.
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