
Hoy no le he visto. Y quizás ayer ya no estaba, ni antes de ayer… A saber desde cuándo falta en su lugar habitual, y yo sin darme cuenta hasta hoy. Hoy que no le he visto, y que le he echado de menos. Y pensar que el mes pasado hubiera dado lo que fuera por hacerle desaparecer. Sí, hasta pensé en matarle.
La primera vez que reparé en él, fue a la vuelta de las vacaciones. Cada vez que pasaba por delante de ese viejo edificio de dos plantas, oía como un silbido, un silbido de esos de “guapaaaaa”, pero yo, muy digna, nunca me giraba. Porque iba por mí, de eso no tenía ninguna duda. ¿Por quién si no?
Los días pasaban y aquél silbido no fallaba nunca, incluso se me hacía molesto. Ya ves, a una le dicen guapa y le molesta. ¿Se puede ser más rara? Y yo nunca miraba. Seguía andando, toda digna. Digna y rara.
Hasta que un día alcé la vista y busqué, tras las persia
nas bajadas, una sombra que delatara a mi admirador secreto. Y entonces le vi. Era un loro. Un loro verdoso dentro de una jaula blanca. ¿Pero los loros no hablaban? ¿No me podía haber dicho guapa y punto? Hubiera distinguido una voz de loro a la primera.
Total, que desde ese día dejé de oírle. Él seguía silbando, seguramente, diciéndome guapa –bueno a mí y a tod@s- pero yo ya no reparaba en su presencia. Alguna vez pensaba: “Ai, el lorito” pero pocas, la verdad. Una se acostumbra pronto a ser piropeada, aunque sea por un loro verdoso.
Pero hoy, hoy que necesitaba que me dijeran “guapaaaaa”, que casi me he lanzado a la calle para pasar por delante de su casa, hoy ya no estaba. “Ai, el lorito”. ¿Qué le habrá pasado? ¿Y quien me dirá guapa a mí? Guapa y rara. ☺
La primera vez que reparé en él, fue a la vuelta de las vacaciones. Cada vez que pasaba por delante de ese viejo edificio de dos plantas, oía como un silbido, un silbido de esos de “guapaaaaa”, pero yo, muy digna, nunca me giraba. Porque iba por mí, de eso no tenía ninguna duda. ¿Por quién si no?
Los días pasaban y aquél silbido no fallaba nunca, incluso se me hacía molesto. Ya ves, a una le dicen guapa y le molesta. ¿Se puede ser más rara? Y yo nunca miraba. Seguía andando, toda digna. Digna y rara.
Hasta que un día alcé la vista y busqué, tras las persia
Total, que desde ese día dejé de oírle. Él seguía silbando, seguramente, diciéndome guapa –bueno a mí y a tod@s- pero yo ya no reparaba en su presencia. Alguna vez pensaba: “Ai, el lorito” pero pocas, la verdad. Una se acostumbra pronto a ser piropeada, aunque sea por un loro verdoso.
Pero hoy, hoy que necesitaba que me dijeran “guapaaaaa”, que casi me he lanzado a la calle para pasar por delante de su casa, hoy ya no estaba. “Ai, el lorito”. ¿Qué le habrá pasado? ¿Y quien me dirá guapa a mí? Guapa y rara. ☺
Guapaaaaaaaaaa!! ;)
ResponderEliminarqué grande jajaja mejor que lo diga un loro que no un paleta desagradable!! hace más gracia...
ResponderEliminarsaludos Eva
@Mirko, gracias. ¿A qué no me lo dices a la cara? :)
ResponderEliminar@ Laura...¿tú crees que esos paletas todavía existen? Que mal, porque si existen hace muuuuuucho que no me dicen nada ;) Besito.
hahaha monísimaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!
ResponderEliminarme ha encantado la historia y la narración, y todo!! :)
yo estoy considerando seriamente comprarme un lorito y ponerlo junto al espejo ;)
un beso preciosa!!